EMOCIONARSE: La pereza
¡Buenos días! Imagína esta escena: es la hora del patio y tienes muchísimas ganas de salir. Has quedado con tus amigos en la pista y te están esperando para empezar a jugar. Vas caminando a toda velocidad por el pasillo cuando, de repente, ves a un niño que tropieza y se le cae el estuche abierto. Lápices, gomas, rotuladores y sacapuntas acaban rodando por todo el suelo... En ese segundo, tu cerebro piensa a toda velocidad y te da tres opciones: Esquivas los lápices, murmuras un «perdón» sin mirar atrás y sigues a lo tuyo. Quieres jugar ya, seguro que le ayudarán otros niños. Frenas el paso un segundo. Te da pena verle ahí agachado, pero miras hacia la pista. Piensas: «Qué rabia, pero pierdo tiempo de juego» y sigues caminando, aunque te quedas con un nudo en el estómago. Suspiras, avisas a tus amigos de que ahora vas, te agachas y te pones a recoger los colores, aunque no te apetezca nada parar. Dependiendo del cansancio que llevemos, es muy fácil elegir las primeras opcion...


