Explicar: El ciempiés cojo


El ciempiés era cojo de nacimiento. Su cojera se extendía a 24 patas exactamente, lo malo es que las 24 patas que faltaban estaban todas situadas en el mismo sitio: por eso andaba con dificultad.
Caminaba muy despacio con las antenas agachadas, pues con 76 patas no se puede mantener ese orgulloso aire gallardo y marcial. Balanceaba su cuerpo de un lado a otro como una embarcación. Además, suspiraba constantemente y se enjugaba el sudor con un fino pétalo de rosa.
Nunca llegaba a tiempo a ningún sitio. Pero podía describir con todo lujo de detalles los difíciles entramados de la red de una telaraña, la marca que dejaba el viento en la hierba durante los días en que el aire jugaba al escondite con los árboles, el trazado irregular del vuelo de la libélula. Para todo eso hace falta fijarse mucho y, sobre todo, tener tiempo para hacerlo. Y el ciempiés cojo lo tenía al no poder caminar más deprisa.
También le gustaba charlar largo y tendido. En la hora que antecede a la aurora, cuando el cielo está todavía oscuro y la tierra débilmente alumbrada por el último cuarto de la luna, el ciempiés conversaba con la musaraña sobre los temas más diversos. Unas veces hablaban de las fiestas nocturnas de las madreselvas cuando se abren fragantes en las primeras horas de la noche; otras, de la aparición de una nueva estrella que chapoteaba risueña en el agua de la charca...
En las tardes veraniegas el ciempiés se quedaba mucho rato en el mismo lugar y se tomaba su tiempo para probar el polen traído por la brisa dorada. Nunca tenía prisa por llegar a ningún sitio, lo cual en un principio estaba motivado por su cojera. Evidentemente no podía competir con los otros ciempiés en velocidad ni participar en las carreras que organizaban entre ellos.
Pero, poco a poco, tener tiempo para detenerse en las cosas pequeñas le fue gustando cada vez más. Se planteaba el llegar, no como una meta de rapidez, sino como un camino de contemplación de los detalles que circundaban su vida en el bosque.

Este cuento  nos invita a reflexionar sobre el valor de la lentitud y la contemplación. Se destaca la importancia de detenerse a observar los detalles que nos rodean, algo que a menudo ignoramos en nuestra prisa cotidiana. El protagonista, limitado físicamente, descubre una nueva forma de experimentar el mundo, apreciando la belleza en lo pequeño y en lo cotidiano. Nos enseña que no es necesario llegar rápido, sino disfrutar del camino, lo cual enriquece nuestras experiencias y nos conecta más profundamente con nuestro entorno.


Comentarios

  1. Prefiero ir lento, si voy rápido no puedo ver lo bonito de la vida. Mateo G.
    Lento , te puedes fijar en los detalles cuando vas por la calle. Amalia
    Corro rápido, soy el más veloz. Samuel
    Prefiero rápido para jugar con Samuel. David
    Lenta, para ver la naturaleza y los coches de la ciudad. Julia
    Lento, disfrutar con mi familia .Mateo D.
    Lento, porque si pasa un coche te puede pillar. Zhoe

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Comparte tu opinión de manera responsable y evita el anonimato: Escribe tu nombre, el curso y tu cole gabrielista. Muchas gracias.