EMOCIONARSE: La pereza
¡Buenos días!
Imagína esta escena: es la hora del patio y tienes muchísimas ganas de salir. Has quedado con tus amigos en la pista y te están esperando para empezar a jugar. Vas caminando a toda velocidad por el pasillo cuando, de repente, ves a un niño que tropieza y se le cae el estuche abierto. Lápices, gomas, rotuladores y sacapuntas acaban rodando por todo el suelo...
En ese segundo, tu cerebro piensa a toda velocidad y te da tres opciones:
- Esquivas los lápices, murmuras un «perdón» sin mirar atrás y sigues a lo tuyo. Quieres jugar ya, seguro que le ayudarán otros niños.
- Frenas el paso un segundo. Te da pena verle ahí agachado, pero miras hacia la pista. Piensas: «Qué rabia, pero pierdo tiempo de juego» y sigues caminando, aunque te quedas con un nudo en el estómago.
- Suspiras, avisas a tus amigos de que ahora vas, te agachas y te pones a recoger los colores, aunque no te apetezca nada parar.
Dependiendo del cansancio que llevemos, es muy fácil elegir las primeras opciones. Sentir pereza es normal. Es como cuando una tablet entra en modo «ahorro de batería»: tu cerebro te dice que no gastes energía en problemas de otros y que vayas a lo tuyo. El problema es que, si siempre vivimos en "modo ahorro", nos perdemos cosas importantes. Ayudar a los demás casi siempre llega en mal momento porque te obliga a parar. Pero aquí viene lo mejor: cuando vences la pereza, le das el último rotulador a ese niño y te da las gracias con una sonrisa, algo cambia por dentro. Has perdido tres minutos de patio, pero de repente llegas a tu juego sintiéndote muchísimo más contento, útil y con una energía especial.
Hoy seguro que te cruzas con alguna oportunidad de ayudar a alguien en clase o en casa. La pereza te dirá que pases de largo. Pero, ¿qué pasaría si frenas un momento para regalarle tu tiempo a los demás?
Que tengas un buen día.

Comentarios
Publicar un comentario
Comparte tu opinión de manera responsable y evita el anonimato: Escribe tu nombre, el curso y tu cole gabrielista. Muchas gracias.