Buenos días,
¿Alguna vez has estado en un sitio tan, tan a gusto que no querías irte nunca? Imagina que estás en tu rincón favorito de casa, con tu manta preferida o jugando a lo que más te gusta con tus mejores amigos. Sientes una felicidad tan grande que ojalá el tiempo se parase.
Pues algo así les pasó a tres de los discípulos (amigos) de Jesús: Pedro, Santiago y Juan. Un día, Jesús se los llevó de excursión a una montaña muy alta para descansar y estar tranquilos. De repente, pasó algo increíble: ¡Jesús empezó a brillar! Su cara lucía como el sol y su ropa se volvió más blanca que la nieve.
En medio de toda esa luz, aparecieron dos personajes muy famosos de la Biblia de hacía muchísimo tiempo: Moisés y Elías. Moisés había enseñado a su pueblo, Israel, una gran lista de normas para estar más cerca de Dios. Elías era un gran amigo de Dios que siempre recordaba a la gente que no se olvidaran de Él.
Al aparecer Jesús brillando más que ellos, les estaba dando un mensaje muy importante: "Lo más importante para Dios no son las normas, sino AMAR". Jesús venía a decir que Dios nos ama y nos quiere felices.
Pedro estaba tan feliz viendo aquello que le dijo a Jesús: "¡Qué bien se está aquí! Vamos a montar tres tiendas y nos quedamos a vivir en esta montaña para siempre". Pedro quería quedarse en su "burbuja" de comodidad, donde no había problemas ni gente pasándolo mal. Pero en ese momento, se oyó una voz entre las nubes que decía: «Este es mi Hijo amado, escuchadlo a él». Los discípulos se asustaron un poco, pero Jesús se acercó, les tocó el hombro y les dijo: "Levantaos, no tengáis miedo". Entonces, la luz desapareció y tocó bajar de la montaña para volver a la ciudad.
A veces nosotros somos como Pedro: nos gustaría quedarnos siempre en nuestro cuarto, jugando o descansando sin que nadie nos moleste. Esos ratos a solas son necesarios para todos. Pero ¿te imaginas estar siempre a solas, jugando siempre solo, sin ver a nadie más, sin salir nunca y sin hacer las otras cosas que te gustan?
¡Pues claro que no! Siempre no. Porque al final para sentirnos queridos y felices, necesitamos de nuestra familia, nuestros amigos y amigas y de toda la gente que nos quiere. ¿Y sabes qué? Ellos también necesitan de ti.
¿Recuerdas esa voz que sonó para Jesús en las nubes? Pues hoy te dice a ti: "Tú también eres especial". ¿Qué gesto especial puedes compartir con alguien que esté triste o solo? Cuando te atreves a salir de tu rincón favorito para ayudar, ¡tú también brillas un poquito como Jesús!
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