INSPIRARSE con: Etty Hillesum
¡Buenos días!
Hoy voy a hablaros de una chica llamada Etty. Ella vivió hace años en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Fue una época muy difícil e injusta, porque la gente que mandaba entonces decidió perseguir a muchas personas, entre ellas a los judíos como Etty, por el simple hecho de ser diferentes. Aquellos líderes estaban convencidos de tener la razón y creían que podían tratar mal a quienes no pensaban o vivían como ellos. Lo alucinante de Etty es que, en medio de toda esa injusticia, decidió escribir un diario. Y en vez de llenarlo de quejas, enfados o miedos, lo llenó de esperanza.
Etty descubrió que, por mucha oscuridad que hubiera a su alrededor, nadie podía apagar la luz brillante que llevaba dentro. Se dio cuenta de que, si miraba en su propio interior y hacía silencio, allí no podían llegar los ruidos ni los problemas de fuera. Por eso, dejó escrito en su diario algo precioso:
«Dentro de mí hay un pozo muy profundo. Y ahí dentro está Dios».
- ¿Te da miedo la oscuridad? ¿Cómo te hace sentir?
- ¿Qué opinas sobre la frase de Etty? ¿Sientes que tú también tienes ese rincón tranquilo y profundo dentro de ti?
- ¿Alguna vez estabas muy triste o cansado y, de repente, un amigo o un abrazo encendió tu alegría otra vez, como por arte de magia?
Según Etty, en ese pozo tan hondo de nuestro corazón está Dios. Pero, como es tan profundo y a veces estamos distraídos, enfadados o tristes, nos cuesta verlo. En realidad, esto se parece mucho a lo que vivieron los amigos de Jesús, los discípulos, durante el día de Pentecostés. Ese día recibieron al Espíritu Santo y pasaron de estar escondidos y asustados a salir por el mundo, supervalientes, a contar todo lo que habían aprendido de Jesús.
Para entender un poco mejor a este Espíritu Santo, piensa en lo que pasa en una chimenea o en una barbacoa. ¿Has visto lo que le ocurre a una brasa de carbón cuando la separas del fuego? Poco a poco va perdiendo su calor, se vuelve gris y parece que se ha apagado del todo. Pero si la vuelves a acercar a la lumbre o le soplas un poquito, la brasa se enciende de nuevo y recupera su color rojo vivo.
Digamos que esa brasa es la presencia de Dios en ti, en el fondo de tu pozo. Y el Espíritu Santo es el fuego o ese aire que sopla para encenderla de nuevo. En Pentecostés, los discípulos estaban como brasas apagadas por el miedo, pero dejaron que ese fuego se acercara y los llenara de energía por dentro. A veces, nosotros solo necesitamos pararnos, escuchar en silencio y dejar que ese Espíritu sople para que nuestro interior vuelva a brillar con muchísima fuerza. Pedirlo es fácil. Puedes hacerlo diciendo: «Ven, Espíritu Santo».
¡Que tengas un buen día!

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